2/12/09

Tres minutos.

No me pidas explicaciones, tú, que clavas tu pupila becqueriana en la mía atravesándome hasta el alma. Me resultaría más fácil enumerar todo lo que no sé darte que imaginar lo que podría llegar a darte en una vida entera. Pero ni siquiera me atrevería a hacerlo porque me bastan unas palabras de tu boca para olvidarlo todo. Tabula rasa. Papel en blanco. Yo tu títere y tus palabras los hilos. Y cuando hacemos el amor, o él nos hace, es un baile macabro porque yo ya no soy yo. Fíjate bien. Sólo tres minutos y todo vuelve a comenzar. Me lleno. Soy toda orgullo. Y ya no quiero nada. No te quiero a ti, ni a la lengua que recorre mi espalda. Entonces me pides perdón, me preguntas que por qué soy así. ¿Sabes qué? Cuando intento responderte, tus perdones tropiezan en algún lugar de esta cama con mis intentos de explicar algo que no logro entender bien. Huyen por la ventana. Se van por la chimenea. Se acurrucan debajo de la almohada. Y nos quedamos con las ganas de saber si. Pero fíjate. Sólo tres minutos, tres y la espiral sigue su ciclo. El día que dejes de quererme porque no sabes bien por qué me quieres, voy a levantar mi almohada y volarán todas mis palabras hasta donde quiera que estés. Por primera vez tendrás motivos. No tendrás más remedio que volver a mí.




Victoria Mera.

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