6/2/10

Puntos suspensivos.

Apaga esa luz. Creo que el café aún está caliente. Ven, siéntate aquí conmigo. Déjame que apoye mi cabeza en tu hombro. Estoy tan cansada. Te prometo que si cierro los ojos sólo veo palabras. Mira, acércate. Si hago así, mis manos parecen las portadas de un libro y si te fijas bien, en la palma de mis manos está escrita nuestra historia. Dices que esta luz apenas te deja ver, pero que crees que hay un punto final. Te digo que es un lunar. Te ríes tan fuerte que la vela se apaga y nos quedamos con las ganas de saber qué dicen mis manos de lo nuestro. Me asalta entonces el recuerdo de tu boca en su boca y no puedo evitar dar un brinco, suspirar y dejarme caer en el suelo apoyando mi cabeza en tus piernas. Hablas del trabajo, del aburrimiento y del frío. Se te escapa su nombre. Tras un largo silencio me dices que eres muy feliz conmigo. Y yo solo pienso en las veces que ella escuchará las mismas palabras. ¿Me crees? Claro. Cómo no iba a creer yo tus mentiras, pienso. Miénteme con tal de que yo lo sepa. Vuelves a hablar del frío, de esto y de aquello. Hace rato que dejé de escucharte. Perdona. Cojo un bolígrafo y dibujo dos puntos junto a mi lunar. Siempre he preferido los puntos suspensivos, nunca el punto final.





Victoria Mera.

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