4/6/12

A veces, sólo a veces, jugar un poco con la muerte. Saludarla desde lejos, con los tacones en la mano para no hacer mucho ruido. Gritarle: ¡estoy aquí! y salir corriendo. Tremenda valiente. Este atrevimiento no es más que un gesto que esconde toda la verdad: tengo miedo, que dirían los tangos y las coplas. El dolor también. Quiero decir: el exceso que brota, ¿verdad, Kerouac?  Pero “todas las heridas, bajo la lente de un microscopio revelan oscuras intenciones.” Blablablá. Autocitarme es el colmo de este día. Para mí tranquilidad y la de mis huéspedes diré que ni Storni, ni Pizarnik, ni Plath. No van por ahí mis intenciones. ¿Entonces? Es ese juego de espejos, el arma de doble filo. Llamar a las puertas de la muerte es una manera, válida como cualquier otra, de recordarte que estás vivo. E inexorablemente la vida te dice: memento mori. Y ahí comienzan los reflejos. Tic.Tac.Tic.Tac. Time goes on. “Todas las horas hieren, la última mata”. Ésta es de Pío Baroja. Cómo se notan las citas, ¿eh? No es que me guste este juego, pero es que a veces llega sin aviso, a tocar un poco los cojones, a espabilarme. Retar a la muerte, (no haciendo el gilipollas, sino de una manera intelectual) me hace sentirme viva. Saber que estoy aquí un segundo de una eternidad. Clic, abre los ojos. Ese segundo casi ha pasado: ¿qué has hecho? A la mierda el Carpe Diem, yo quiero vivir. Y no sé, pero si tengo que irme de visita interestelar, que sea con la puta conciencia tranquila. Tranquilidad. Poder llamar a la muerte: Toc, toc. Estoy aquí y voy a quedarme, y además voy a hacer las cosas bien. Eso quiero.





Victoria Mera.

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