25/3/13

Las estaciones tienen la fea costumbre de llorar. Sobre todo las estaciones de autobuses. Me gusta cuando las dársenas (curiosa palabra ésta) se convierten en canales de Venecia. Litros y litros de agua salada manando de los pasajeros, de maletas llenas de ida, de billetes sin vuelta.
Cuando por megafonía una voz mecanizada anuncia un destino cualquiera es mejor ponerse el chubasquero, apearse tras el paraguas y esperar a que el aluvión nos envuelva, porque la tristeza siempre acaba por salpicarnos.
Hay gente que además de contratar el seguro de accidentes, paga también por un seguro de lloros porque saben que será inevitable no contribuir a esa inundación salada que tanto gusta a los revisores, pues siempre es más grato colocarse el chaleco salvavidas y extender la mano desde la góndola para pedir los billetes.
Sólo los valientes suben al autobús casi desnudos, pero lo que no saben es que cuando el sol de invierno atraviese los cristales de la ventanilla golpeándoles en el mismo centro de la felicidad o en lo más profundo de algún echar de menos acabarán también por soltar alguna lágrima. Es mucho peor cuando esto ocurre ya sobre ruedas, porque no se puede compartir. Es un llanto silencioso, tímido y solitario como las señales de tráfico que nos indican que estamos más cerca o más lejos, depende de la continuidad de las lágrimas, depende del ángulo que alcance el esbozo de sonrisa.

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