16/6/13





Según el irreal decreto con fecha doce de julio de mil novecientos ochenta y cinco estoy al desorden del día. Por eso a veces, sólo a veces, me da por volar como si viviera dentro de un cuadro de Marc Chagall. Hacer la compra, saludar a los vecinos o preparar café a las ocho de la mañana es, créanme, un poquito más divertido si se hace desde las alturas. Además, tengo todos los zapatos relucientes, no gasto suela y la probabilidad de hacerse un esguince de tobillo entre nubes es del 0,01 % periódico puro. Pero otros días, como manda el decreto, ando con mucho cuidado de no pisar las baldosas blancas porque, como todo el mundo sabe, sólo está permitido caminar por encima de las rojas. Si no, corres el riesgo de caer en el mismísimo infierno y eso, en pleno agosto, no apetece mucho. Por eso voy con mucho cuidado, bien pegada a la tierra, tan pegada que temo un día echar raíces y convertirme en la primera mujer árbol de esta ciudad. Lo peor de estar al desorden del día es que los días en que toca volar a mí me brotan raíces y los días en que tocar mantenerse en tierra firme a mí me crecen mariposas en la punta de los dedos. Pero  no puedo evitarlo, este irreal decreto regula mi vida desde el día en que nací y debo confesar que en el fondo me hace feliz ser mujer-árbol-mariposa al mismo tiempo.



Ilustración de María Ramos.


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